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Archive for 14 marzo 2010

Once Minutos

“El libro más erótico de Coelho. Y el más romántico”, acompaña al título la síntesis del Jornal do Brasil.

Un buen eslogan es capaz de vender un mal producto, pero no de metértelo en los intestinos, y en esta era de la información todo mundo te vende sus productos vendiéndote primero el eslogan.

El título y los comentarios, en mayor grado, y en menor el autor, me vendieron el producto. He leído varios libros de Coelho y presumo saber quién es Pablo, o Paulo, Coelho. Una vez más me dejé seducir por la publicidad y lo compré; o quizás fue la esperanza de que esta vez los recensionistas sí tuvieran gusto literario por encima de la parvulez, pero “tropecé con la misma piedra”.

Once Minutos me hizo recordar inmediatamente el título de un magnífico libro que hace muchos años, cuando andaba por los 17: Los Siete Minutos, escribió Irving Wallace, el que me hizo olvidar intensas horas del tiempo que debí haberlo dedicado a mis exámenes colegiales, aunque no estoy seguro si leyéndolo 36 años después siguiese considerándolo genial, porque así me pareció.

No puedo decir que me decepcionó, de ninguna manera, porque nada puede decepcionarte si de antemano no esperas algo más de lo vulgar, pero como estoy tan interesado en el amor y sus complicaciones, además de la reminiscencia de los Siete Minutos, me figuré que la sinopsis, si se cumplía, me iría a regalar al menos once minutos de placer literario. Y esto fue lo que realmente me desilusionó: Los Once Minutos de placer se convirtieron en once horas de martirio y necedad absurda porque no sólo es una novela mal hecha, de novel; ni siquiera contiene una frase romántica. Ni de “amor” ni de “despertamiento espiritual”, y como el contenido prometido no corresponde con el fáctico, pienso que debiéramos los consumidores tener el derecho de regresar el producto así como se regresa una blusa a la que ya en casa descubres que una manga está más larga y además le faltan dos botones, porque se trata de un descarado engaño. De esta forma los publicistas tendrían más cuidado de ofrecer un producto que sólo existe en la fantasía del diseñador con el único fin de la superventa.

Coelho vende millones de ejemplares en cada título, y mientras más vende más me sorprende y menos me lo puedo explicar. Parece que mis coetáneos, educados por el televisor y los juegos cibernéticos, y reforzados con el youtube y otras estupideces de la WWW, confunden lo fácil con lo bueno, lo reciclable con lo intelectual, lo enlatado con lo oculto, lo rallado con lo original; orgasmo con amor y amor con hacer (?) el amor, aunque sea Le Nouvel Observateur (solapa del volumen) quien asevere que “lo fácil es lo más difícil”. Para estos chicos crecidos en la era de la comodidad y luego convertidos en honorables críticos literarios, no lo dudo, pues mientras más fácil la tecnología nos haga la vida, más difícil pensar y pensar que otros puedan resolver sus propios problemas sin necesidad de ir al psicólogo o sin ingerir estupefacientes.

“Hacía tiempo que no leía una novela que fuera tan infernalmente interesante y en la que se complicara lo fantástico con lo terrible en la vida de una persona”, reseña Viggo Cavling,Resumé.  Yo no tengo más que aceptar que el adelanto humano va en razón inversa al tecnológico y que todavía sigue vigente lo que el Nóbel de Literatura Anatole France proverbió hace un siglo: “Aun habiendo mil millones de gentes detrás de alguna idiotez, sigue siendo idiotez.”

Hasta dónde la historia es cuento, no lo podemos saber, lo que sí podemos deducir es que la escritora del diario (en el que se basa Coelho para tirar un aborto más) se prostituye no porque la sociedad la margine, sino porque le gusta la buena vida, sueña con un estándar al que la mayoría de los latinoamericanos no tienen acceso aun trabajando día y noche; bueno, ella también trabajaba de noche pero no me refiero a eso, y opta por el camino más fácil y seguro, aprovechando la frondosidad de los encantos que dios le dio, o quizá por eso decide comerciar con su cuerpo, porque era muy creyente. Desde allí empieza la desigualdad social. Si hay gente que puede comprar la felicidad, también hay gente que está dispuesta a venderla, para después comprar la suya.

El final se adivina a leguas: la Cenicienta encuentra su príncipe azul y deja el prostíbulo para mudarse a un palacio y ser una señora amada y respetada. Moraleja (o quizás ironía): la prostitución con el fin de vivir en la opulencia no sólo es una profesión decente, sino acorde a los cánones de dios. (con minúscula porque no sé qué tipo de dios es ni el de la autora del diario ni el de Coelho, aunque siendo brasileños se vislumbre su identidad)

Pero como dije al principio, sólo que un poco metamorfoseado y acaso amerite una desmetamorfación: Una buena mentira vende malas verdades. Mas la verdad siempre se descubre, aunque se tarde, demasiado tarde en este caso porque ya no puedes devolver el libro. Hasta que alguien pierda el juicio y lleve el caso a juicio. Y lo gane, para beneplácito de millones de lectores desengañados quienes de buena gana hubiesen devuelto la mentira de la blusa “más erótica… y romántica de Coelho”.

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Grrr, los Sentimientos

Los sentimientos son sagrados, los defendemos más que nuestras propias convicciones; más que nuestro futuro (quizá porque estamos convencidos que los sentimientos es nuestro futuro o que el futuro no es nada sin los sentimientos); más que las niñas de los ojos, es decir que estamos dispuestos a perder un ojo, y la cara, por nuestros sentimientos; y a veces más que nuestro trabajo, arriesgando a quedarnos sin salario. Y pasa con harta frecuencia que cuando creemos defender una convicción lo que en realidad estamos haciendo es defender nuestro malherido orgullo. Los sentimientos son pervasivos, indóciles e insolentes, se meten dondequiera y conquiera.

Discutir podemos sobre política, historia y hasta religión: Si Jesús o Buda existieron o es puro cuento; si Hitler estaba en lo correcto, ya que así no habría conflictos en Palestina; si la colonización de América no fue invasión, etc. Pero los sentimientos no se discuten, son inapelables, imparables, inminentes, insobornables(?), privados, obstinados, arraigados, inamovibles, ilógicos, y hasta indecentes.

Porque los sentimientos nunca engañan. Podríamos estar equivocados en algunas ideas, creencias, conceptos, pero en amor… todos sabemos cuando amamos y todos sabemos cuando odiamos. Todos hemos vivido la impresión caótica que se suscita en el amor a primera vista; es imposible ordenar nuestros pensamientos. También hay caos cuando vemos a alguien que nos desagrada, pero de otra índole.

Los sentimientos nos guían. Cuando alguien nos fascina y a los demás no, tratamos de racionalizar nuestros gustos destacando sus (falsas) virtudes, y cuando no nos gusta nos cegamos a esas virtudes aunque sean evidentes. Pero es que es trabajadora y honesta. Y la madre contradice: precisamente, no tiene educación, aunque en realidad lo que está ocultando, si es que no se atreve a expresarlo, es que no tolera los rasgos de indígena, porque si fuera alta y rubia aunque no tuviera ningún título universitario sería bien aceptada como la esposa del hijo.

Los sentimientos nos guían, a veces al cadalso. Por eso quiero discutir los sentimientos.

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